
Esta es la primera entrega de una sección semanal a la que vamos a ver cómo le va y a la que buscaremos darle forma con el paso del tiempo. Un espacio en el que convergen un narcisismo lo suficientemente grande para animarme simplemente a escribir de lo que se me ocurra y una vida lo suficientemente ordinaria y aburrida para haber desarrollado un amplio catálogo de consumos contraculturales que carecen de valor monetizable (ya lo sé, debería haber ocupado el tiempo para estudiar una carrera y blablabla) no vamos a llorar sobre la leche derramada, el destino hoy nos puso acá y haremos lo que podemos.
Como el eslogan lo indica, esto no es una columna de opinión convencional, mi intención no es bajar línea, ni sentar una postura especifica e inapelable sobre un tema determinado, más bien utilizar este espacio, a la manera de los foros y blogs de los comienzos del internet, para compartir diferentes contenidos que puedan ser de interés para aquellos que no se sienten interpelados por el mainstream y tienen que escarbar el algoritmo un poco más para encontrar lo que les gusta.
Sin más preámbulo, bienvenidos a The Watchman.
Volumen 1: Morphine
Morphine siempre fue una anomalía. En una escena noventosa saturada de distorsión, grunge y épica alternativa, en la que bandas como Guns And Roses o Nirvana dominaban la escena rock internacional, este trío de Boston eligió una propuesta diferente: menos guitarras, menos ruido, más clima. Dos cuerdas de bajo, un saxo barítono y una batería seca bastaron para construir uno de los sonidos más sensuales, oscuros y personales del rock moderno.
La banda nació a comienzos de los años 90, liderada por Mark Sandman, un músico inclasificable que cantaba con un profundo y relajado susurro. Morphine no buscaba hits: buscaba atmósferas. Y las encontraba. En discos como Good (1992), Cure for Pain (1993), o el que para mi gusto personal es su punto más alto: Like Swimming (1997). El grupo desarrolló un blues minimalista atravesado por jazz, beatniks tardíos y una pulsión urbana que parecía venir del subsuelo.

Pioneros del Low Rock (al que ellos mismos bautizaron), no gozaron de masiva popularidad, aun cuando su material era aclamado por la crítica, lo que los convirtió en referentes de la escena underground.
El dato que siempre vuelve —y no por fetichismo— es la ausencia de guitarra. No era una provocación, sino una decisión estética. La propuesta de un trio de rock que no estaba armado en torno a una guitarra rara vez se había visto en el universo de la cultura rock. El bajo de Sandman, tocado con slide y apenas dos cuerdas, ocupaba el centro del relato, mientras el saxo de Dana Colley no decoraba: narraba. Vale aportar que este saxo sería una influencia claramente palpable en gran parte de la discografía de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, banda de la cual hablaremos bastante en este espacio pero en otro momento, volvamos al tema de hoy.

La instrumentación usada por Morphine era bastante particular: El instrumento principal de Sandman es un bajo eléctrico de dos cuerdas ejecutado con un slide (sin embargo a través de los diversos álbumes fue incluyendo algunas guitarras acústicas, piano, órgano eléctrico, etc). Dana Colley tocaba generalmente un saxofón barítono, junto con saxofones soprano o tenor, y el raro saxofón bajo, llegando algunas veces a tocar dos al mismo tiempo, al mejor estilo Roland Kirk. El baterista Jerome Deupree incorporaría una amplia variedad de percusiones a la batería en sus dos etapas en la banda. Este particular trio sonaba a ciudad de noche, a veredas húmedas, a cine noir sin imágenes.

En 1999, cuando la banda estaba en uno de sus mejores momentos creativos, la historia se quebró de forma abrupta. Mark Sandman murió en pleno escenario en Italia, a los 46 años, durante una gira europea. El rock perdió ahí a uno de sus cronistas más singulares. No hubo despedida ni decadencia: Morphine quedó congelada en una obra breve pero sólida, sin discos de más ni nostalgias forzadas.

A diferencia de muchas bandas de su tiempo, Morphine no envejeció mal. Al contrario: envejeció en silencio, ganando nuevos oyentes con el paso de los años. Sus canciones siguen apareciendo en películas, series y playlists nocturnas, como si el mundo actual —más fragmentado, más introspectivo— recién ahora estuviera en condiciones de escucharlas del todo.
Morphine fue una banda sin urgencia, sin gritos, sin estribillos diseñados para estadios. Su legado no está en la masividad, sino en la identidad. En demostrar que el rock también puede susurrar, que la intensidad no siempre se mide en decibeles y que el riesgo artístico, a veces, consiste simplemente en tocar menos y decir más.

Hoy, cuando la cultura pop vuelve a valorar lo atmosférico, lo híbrido y lo íntimo, Morphine suena menos como una rareza noventosa y más como una banda adelantada a su tiempo. Un secreto que se sigue pasando de oído en oído, como las mejores canciones.
Bonus Track
Canción recomendada para entrar en el clima Morphine: French Fries With Peppers.
