Llegó el momento de hablar producto que inspiró el nombre de esta sección. WATCHMEN en mi caso, fue la puerta de entrada al mundo de los cómics. Un universo tan inmenso y variado como la cantidad de estrellas en el plano celeste. Desde el comienzo recomiendo firmemente liberarse de todo prejuicio y aceptar que los cómics no son de forma excluyente un formato infantil, por supuesto que son las series más conocidas, pero no las únicas. En el mundo del cómic hay para todos los gustos y WATCHMEN es la prueba viva de esto, veamos que hay detrás de la novela gráfica más galardonada de todos los tiempos.

WATCHMEN: ¿Quién vigila a los vigilantes?
En 1986, mientras el mundo todavía vivía bajo la sombra de la Guerra Fría, una novela gráfica vino a dinamitar no solo el género de superhéroes, sino también la forma en que entendemos el formato Comic. WATCHMEN, escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, la novela gráfica que da nombre a esta columna, tanto como las obras de Shakespeare, Aristoteles, Borges, Tolkien, Lovecraft, Tolstoi, Dostoievski y tantos otros, es un indispensable en cualquier biblioteca.
Publicada originalmente como una serie de doce números por DC Comics, Watchmen partía de una premisa provocadora: ¿qué pasaría si los superhéroes existieran en el mundo real? Pero la respuesta de Moore no fue épica ni optimista. Fue realista. Sus vigilantes no eran modelos morales, sino figuras atravesadas por traumas, obsesiones y contradicciones. En lugar de salvar al mundo, apenas podían sostenerse a sí mismos. Moore se centra en exponer las debilidades de los superhéroes enmascarados, lo que contrasta con el enfoque tradicional de la mayoría de los cómics en sus poderes y en su fortaleza. En este sentido, intenta adoptar un punto de vista más «valiente» que el que se suele encontrar en el género.

La historia de WATCHMEN comienza con el asesinato de Edward Blake, conocido como El Comediante, un ex vigilante al servicio del gobierno estadounidense. A partir de ese hecho, Rorschach —uno de los pocos enmascarados que sigue activo de manera ilegal— inicia una investigación que lo lleva a reunir a viejos compañeros retirados: Dan Dreiberg (Búho Nocturno), Laurie Juspeczyk (Espectro de Seda) y el casi omnipotente Doctor Manhattan(el unico heroe con superpoderes de la novela). Lo que en apariencia es un crimen aislado empieza a revelar una conspiración mucho más amplia, con implicancias políticas y globales.
A medida que la trama avanza, la novela despliega múltiples líneas narrativas que se entrelazan: el pasado de los Minutemen, la creciente tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y el distanciamiento emocional de Dr. Manhattan frente a la humanidad. Todo converge hacia una revelación final tan impactante como incómoda, donde la pregunta central deja de ser quién es el culpable para convertirse en algo más perturbador: qué estamos dispuestos a aceptar en nombre del bien común.
Un dato de color y que agrega un poco de ironía a este comic es que varios de sus personajes son inspiraciones o reversiones de personajes de la editorial Charlton Comics. Esta editorial fue absorbida por DC comics en 1983 en un claro ejemplo del capitalismo salvaje que ofrecía el eje occidental durante la guerra fría, algo que Alan Moore despreciaba totalmente.
La idea inicialmente era reciclar a los personajes de la editorial recientemente adquirida en la historia, pero DC tenía como objetivo darle continuidad dentro del multiverso a estos superhéroes, lo que derivó en que Moore y Gibbons los utilizaran como puntos de partida para crear personajes nuevos. Rorschach está basado en The Question y Mr. A, búho Nocturno II en Blue Beetle(con algunos destellos y referencias a Batman), El Comediante se basa en Peacemaker y guarda algunas similitudes con Nick Fury de Marvel Comics y Doctor Manhattan es una reinterpretación de Capitán Atomo.

El contexto no es menor. En plena tensión nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, WATCHMEN canaliza ese miedo colectivo a través de una narrativa donde el apocalipsis no es una posibilidad lejana, sino una amenaza constante. El reloj del fin del mundo —ese símbolo que abre cada capítulo— avanza sin pausa. Y con él, la sensación de que todo puede terminar en cualquier momento.
En ese escenario aparecen personajes que hoy son parte del ADN cultural: Rorschach, con su moral inquebrantable y brutal; el Doctor Manhattan, casi un dios desconectado de la humanidad; Ozymandias, el hombre más inteligente del mundo, dispuesto a hacer lo impensable en nombre de un bien mayor. Ninguno encaja en la lógica clásica del héroe. Todos obligan al lector a hacerse una pregunta incómoda: ¿quién decide qué es lo correcto?
Desde el punto de vista estructural, la obra también fue revolucionaria. La propuesta no es una lectura de comic convencional en la cual la historia transcurre cronológicamente viñeta a viñeta. Moore y Gibbons construyeron una narrativa milimétrica, donde cada viñeta, cada simetría y cada recurso visual tienen un propósito.
Todos los capítulos, excepto el último, presentan documentos ficticios que se suman al trasfondo de la serie, y el relato se entrelaza con el de otra historia, un cómic sobre piratas titulado “Relatos del Navío Negro”, que uno de los personajes lee. Estructurada como una narración no lineal, la historia salta a través del espacio, el tiempo y la trama. WATCHMEN no solo cuenta una historia: demuestra hasta dónde puede llegar el cómic como lenguaje.

Pero quizás su mayor impacto esté en lo que vino después. WATCHMEN abrió la puerta a una mirada más adulta y compleja dentro del género. Sin ella, sería difícil imaginar buena parte del cine de superhéroes contemporáneo o incluso su deconstrucción en series y películas actuales. La idea del héroe imperfecto, del vigilante cuestionable, se volvió norma. Podemos citar ejemplos como “The Boys” e “Invincible”, series de comics que poseen sus respectivas adaptaciones televisivas y se puede palpar fácilmente la influencia de WATCHMEN en ambas obras.
Con el tiempo, la obra fue reinterpretada, adaptada (la película de 2009, la serie de HBO en 2019) y discutida hasta el cansancio. Incluso el propio Moore tomó distancia de esas versiones, fiel a su postura crítica frente a la industria. Sin embargo, el núcleo de WATCHMEN sigue intacto: una historia que incomoda, que no ofrece respuestas fáciles y que desconfía profundamente de las figuras de poder.
Casi 40 años después de su publicación, WATCHMEN no perdió vigencia. Al contrario: en un mundo donde los discursos absolutos vuelven a ganar terreno y donde la figura del “salvador” sigue seduciendo, la obra de Moore funciona como advertencia.









