Este martes 24 de febrero se cumple un nuevo aniversario del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, un conflicto que comenzó en 2022 con una ofensiva a gran escala por parte de Moscú y que, cuatro años después, no presenta un desenlace claro.
La invasión lanzada el 24 de febrero de 2022 marcó el comienzo de la mayor guerra en territorio europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo que algunos analistas proyectaban como un enfrentamiento de corta duración derivó en una guerra prolongada de desgaste, con alto costo humano y consecuencias económicas globales.

El conflicto tiene como protagonistas a Rusia y Ucrania, pero también involucra indirectamente a Estados Unidos y a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), en un escenario que varios especialistas comparan, en algunos aspectos, con la lógica de la Guerra Fría. Moscú sostiene que su “operación militar especial” busca impedir el ingreso de Ucrania a la OTAN, ya que una eventual adhesión implicaría la obligación de los países miembros de defenderla ante una agresión externa.
De la ofensiva rápida a la guerra de desgaste
En los primeros meses, Rusia avanzó sobre ciudades como Jersón y Mariúpol, aunque fracasó en su intento por tomar Kiev, capital de Ucrania. Tras ese repliegue, el foco se concentró en el este del país, especialmente en la región del Donbás.
Durante 2023, el conflicto se caracterizó por ofensivas y contraofensivas en los frentes orientales. Rusia intensificó ataques contra infraestructura energética ucraniana, particularmente en invierno, con el objetivo de debilitar la resistencia interna.

Entre 2024 y 2025 se consolidó un cambio en la dinámica bélica con la incorporación masiva de drones en el campo de batalla, modificando las tácticas tradicionales de combate. Para 2026, la guerra continúa con enfrentamientos en distintas regiones, entre ellas Zaporiyia, donde Ucrania ha impulsado contraataques para recuperar posiciones.
Disputas territoriales y tensiones geopolíticas
Uno de los ejes centrales del conflicto es la disputa territorial. Rusia exige el reconocimiento de su soberanía sobre la península de Crimea, anexada en 2014, y respalda a las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, cuya independencia no es reconocida por Kiev.
En el plano político, el Kremlin ha cuestionado la legitimidad del gobierno del presidente Volodímir Zelenski, mientras que Ucrania ha fortalecido su identidad nacional y mantiene el respaldo de países occidentales, aunque con matices a lo largo de estos años.
A su vez, Rusia ha quedado parcialmente aislada de Occidente y profundizó vínculos estratégicos con potencias como China e Irán. En paralelo, se multiplicaron los contactos diplomáticos entre Moscú y Washington en busca de canales de negociación.
Impacto humanitario y económico
El costo humano es uno de los aspectos más sensibles del conflicto. Se estiman entre 50.000 y 100.000 civiles muertos y entre uno y 2,5 millones de militares fallecidos entre ambos bandos. Además, más de 6,8 millones de ucranianos se refugiaron en el exterior y otros 3,6 millones permanecen desplazados dentro del país.

En el plano económico, la guerra provocó un aumento en los precios de la energía y los alimentos a nivel global, afectando la seguridad alimentaria y generando un impacto que, según estimaciones, habría empujado a millones de personas a la pobreza en distintos países.
Cuatro años después del inicio de la invasión, el conflicto continúa sin una solución definitiva y mantiene en alerta a la comunidad internacional ante el riesgo de una escalada mayor.
