Hay escritores que narran historias. Y hay otros que modifican la percepción del lector. Julio Cortázar pertenece, sin discusión, al segundo grupo. Sus cuentos no son simplemente una historia: desplazan la realidad unos centímetros, lo suficiente como para que lo cotidiano deje de ser confiable.

Escritor, profesor y traductor. Fue una figura central del llamado Boom latinoamericano, Cortázar encontró en el cuento su laboratorio perfecto. Si la novela —ahí está Rayuela como prueba— le permitió experimentar con estructuras abiertas, fue en la distancia corta donde su precisión se volvió quirúrgica. Él mismo decía que la novela gana “por puntos”, pero el cuento debe ganar “por nocaut”.
Pero sería muy fácil (en realidad sería un trabajo complejísimo) tomar la novela Rayuela como punto de partida para hablar de julio Cortázar. Pero vamos a hacer un pequeño esfuerzo y mirar un poco más allá en la obra de este gigante de la literatura argentina y sobre todo latinoamericana.
Cortázar escribió la mayoría de los textos de los que vamos a hablar en los años 50 y 60, en pleno auge del existencialismo y de las vanguardias europeas. Vivía en París, traducía a Edgar Allan Poe y sus momentos de óseo se dividían entre discos de jazz y eventos de boxeo. Esa mezcla —rigor formal europeo y sensibilidad latinoamericana— es clave para entender su estilo. En sus cuentos hay precisión matemática, pero también swing. Ritmo. Improvisación controlada. Es realmente hipnótica la forma en la que lo real y lo fantástico se entrecruzan en sus relatos.

A diferencia de otros autores de mi devoción como Tolkien o Lovecraft, que se permitian escribir páginas enteras describiendo una pequeña porción del contexto o la trama, Cortázar prescinde de todo esto. Sus relatos suelen ser breves, con una economía casi quirúrgica del lenguaje. Cada detalle importa. Cada frase prepara el terreno para algo que, muchas veces, no se enuncia de manera directa.
La estructura suele sostener el efecto. Alternancia de planos narrativos, cambios de perspectiva, juegos temporales. Nada es gratuito. Todo está orientado a producir una experiencia más que a contar una anécdota.
Tomemos por ejemplo “Casa Tomada”. El relato parece simple: dos hermanos viven en una casona antigua hasta que algo indefinido empieza a ocupar los espacios. Nunca sabemos qué es ese “algo”. Y sin embargo, lo sentimos. La genialidad está en la economía narrativa: Cortázar no explica, sugiere. El terror no es monstruo, es atmósfera.
En “Axolotl”, el narrador observa obsesivamente a unos anfibios en el acuario del Jardín des Plantes de París. La frontera entre observador y observado se diluye hasta lo imposible. Lo fantástico no irrumpe con efectos especiales: ocurre en silencio, casi con lógica interna. Cuando el lector advierte el desplazamiento, ya es tarde.
Otro gran ejemplo es “La noche boca arriba”, uno de mis favoritos y probablemente uno de los cuentos más perfectos del siglo XX en lengua española. Un accidente de moto, un hospital, una fiebre, un sueño precolombino. La estructura alterna planos hasta que el golpe final redefine toda la lectura. No es solo un giro narrativo: es una pregunta brutal sobre qué entendemos por realidad. Sería una excelente opción para meterse en este universo y uno de los que mejor refleja el estilo y espíritu del autor.
“Continuidad de los Parques” su cuento más breve. Esta obra, como muchas otras del autor propone un ejercicio de lectura activa. La genialidad del cuento radica en cómo el segundo plano invade el primero. La frontera entre lector y personaje desaparece. La premisa es simple, un hombre está sentado en un sillón leyendo una novela, y a medida que la trama avanza la realidad y la ficción se empiezan a entrelazar de una manera inquietante. No quiero contar mucho más para no spoilear, además, no sean vagos, el cuento son 2 paginas, denle una oportunidad.

En tiempos de consumo veloz y atención fragmentada, sus cuentos conservan una virtud radical: exigen lectura activa. No se explican solos y además, todo puede cambiar radicalmente de un renglón a otro. No subrayan el sentido. Invitan a sospechar de lo evidente. Y esa sospecha, quizás, sea su legado más vigente.
Sin dudas una personalidad insignia de nuestra idenidad nacional y sobre todo latinoamericana. Su influencia atraviesa generaciones. Sin Cortázar, es difícil pensar parte del cine fantástico latinoamericano, cierta literatura breve contemporánea o incluso la narrativa seriada que juega con líneas temporales.
Porque leer a Cortázar es aceptar que el mundo puede correrse apenas un centímetro… y que ese centímetro alcanza para cambiarlo todo.
Sus libros de cuentos:
• Bestiario
• Final del juego
• Las armas secretas
• El perseguidor
• Todos los fuegos el fuego
• Octaedro
• Alguien que anda por ahí
• Queremos tanto a Glenda
• Deshoras
• La otra orilla
(Todos se pueden encontrar de forma gratuita navegando algunos sótanos de internet)

