Tras la cumbre de la OTAN en Ankara, varios gobiernos europeos comenzaron a reforzar su estrategia de defensa con el objetivo de reducir la dependencia militar de Washington. La decisión surge en medio del creciente distanciamiento con la administración de Donald Trump y de las dudas sobre el futuro de la alianza atlántica.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) atraviesa uno de los momentos de mayor incertidumbre desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Luego de la cumbre realizada en Ankara entre el 7 y el 8 de julio, varios países europeos aceleraron un plan para fortalecer sus propias capacidades militares ante la posibilidad de que Estados Unidos reduzca su compromiso con la seguridad del continente.
El debate entre los aliados ya no pasa por determinar si Europa debe incrementar su inversión en defensa, sino por definir cómo financiar y desarrollar una estructura militar con mayor autonomía, sin depender completamente de Washington.
El proyecto contempla un aumento sostenido del gasto militar, el fortalecimiento de la industria europea de defensa y el desarrollo de capacidades propias en áreas estratégicas que históricamente estuvieron bajo liderazgo estadounidense.
Desde la Casa Blanca, este proceso es presentado como una evolución natural de la alianza, conocida informalmente como “OTAN 3.0”, un esquema en el que Europa asumiría la defensa convencional del continente mientras Estados Unidos mantendría un rol principalmente vinculado a la disuasión nuclear.
Crece la desconfianza hacia Washington
La cumbre de Ankara dejó en evidencia las diferencias entre ambas partes. Durante el encuentro, el presidente Donald Trump volvió a cuestionar públicamente a varios socios europeos, criticó a Dinamarca por su postura respecto de Groenlandia, cuestionó a España e Italia por asuntos relacionados con instalaciones militares y reiteró su reclamo para que los países europeos aumenten su gasto en defensa.
Según distintos analistas, estas declaraciones reforzaron la percepción de que Estados Unidos ya no representa un aliado plenamente confiable para Europa.
El exembajador estadounidense ante la OTAN, Ivo Daalder, aseguró que la alianza atraviesa “la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial” y sostuvo que numerosos gobiernos europeos ya comenzaron a prepararse para un escenario con menor respaldo estadounidense.
La incertidumbre también se profundizó tras la reubicación de tropas norteamericanas desde Alemania hacia Polonia y otros movimientos estratégicos impulsados por la administración Trump.
Europa busca construir una defensa propia
Especialistas advierten que el desafío europeo no consiste únicamente en adquirir más equipamiento militar.
Tras varios años de asistencia militar a Ucrania, numerosos países agotaron parte de sus arsenales, especialmente en sistemas de defensa antiaérea.
Además, deberán desarrollar capacidades propias en inteligencia, vigilancia satelital, reconocimiento y coordinación estratégica, funciones que durante décadas dependieron en gran medida del apoyo estadounidense.
Los expertos consideran que el continente también deberá apostar por nuevas tecnologías, como drones, sistemas autónomos y una mayor integración entre los ejércitos nacionales para responder de manera más eficiente a futuras amenazas.
Mientras tanto, los gobiernos europeos mantienen la intención de preservar la alianza con Washington, aunque avanzan en un proceso de fortalecimiento militar que les permita afrontar escenarios donde el respaldo de Estados Unidos ya no esté garantizado.

