marzo 31, 2026

Hay películas que buscan ordenar el mundo. Y hay otras —como Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson— que entienden que el mundo es, en esencia, un desorden constante. Inspirada en el imaginario literario de Thomas Pynchon y su novela Vineland, esta nueva obra del director norteamericano se mueve en esa frontera incómoda entre lo político, lo íntimo y lo absurdo, donde ninguna idea permanece pura demasiado tiempo.

Ambientada en la frontera entre Estados Unidos y México, la película articula su relato alrededor de Bob (un Leonardo DiCaprio en estado de gracia), un exrevolucionario venido a menos que, tras la desaparición de su compañera Perfidia (Teyana Taylor), cría solo a su hija Willa. Lo que comienza como una vida apenas estable se desmorona cuando reaparece un viejo enemigo: el coronel Lockjaw, interpretado con inquietante intensidad por Sean Penn.

Pero reducir Una batalla tras otra a su trama sería quedarse en la superficie. Anderson construye algo más complejo: una película que pone en tensión las ideas de revolución, poder y herencia ideológica, sin caer en simplificaciones. Los revolucionarios no son héroes puros; los represores no son monstruos unidimensionales. Todos sus personajes cargan contradicciones, zonas grises, impulsos que los vuelven humanos y, por momentos, profundamente ridículos.

En ese equilibrio incómodo entre lo trágico y lo absurdo aparece uno de los grandes logros del film: su tono. Anderson mezcla sátira política, violencia seca, momentos de slapstick —con un DiCaprio desbordado y errático— y secuencias de acción que nunca buscan espectacularidad vacía. El resultado es un relato que descoloca, que por momentos parece irse de eje, pero que siempre encuentra una coherencia interna.

Hay, además, una lectura contemporánea imposible de ignorar. La película dialoga de forma directa con la América reciente: el tratamiento a los migrantes, el ascenso de discursos extremistas, la persistencia de estructuras de poder que operan “desde las sombras”. El personaje de Lockjaw encarna esa lógica: un hombre atravesado por el odio, pero también por una contradicción constante, donde el desprecio convive con una obsesión casi íntima por aquello que rechaza (viejo bufarra).

Sin embargo, en el centro de todo no está la política, sino el vínculo entre Bob y Willa. Anderson desplaza el foco: la revolución deja de ser una causa abstracta y se vuelve una cuestión personal. Bob no pelea por ideales, sino por su hija. Y en ese gesto —casi antiheroico— la película encuentra su núcleo emocional. La joven Willa, interpretada con fuerza y matices por Chase Infiniti, encarna además la pregunta generacional: ¿qué queda de las luchas del pasado? ¿Qué se hereda realmente: las ideas o sus consecuencias?

Aunque la película se mueve en un terreno más contenido que sus trabajos más monumentales, mantiene una constante de su filmografía: personajes que buscan algo que no pueden nombrar del todo. Esa incomodidad —ese vacío— es el verdadero motor del relato. Anderson no necesita grandes giros: le alcanza con observar cómo sus criaturas se enfrentan a sí mismas.

Hay, además, una madurez formal evidente. Si en sus primeras películas la cámara era casi un personaje más, inquieta y virtuosa, en sus trabajos recientes hay una serenidad distinta. No es menos ambicioso: es más preciso. Cada encuadre, cada silencio, cada pausa tiene peso. La influencia de cineastas como Robert Altman sigue ahí, pero filtrada por una mirada cada vez más personal.

En términos culturales, Anderson ocupa un lugar singular en el cine contemporáneo. En una industria dominada por franquicias y universos compartidos, su cine sigue apostando por lo “autoral”, por historias que no necesitan expandirse más allá de sí mismas. Y eso, en 2026, es casi un gesto político.

PTA forma parte de la primera generación de los «directores de videocassette» (camada  de directores que de alguna manera reemplazan a los cineastas del “nuevo Hollywood”)  directores como Quentin Tarantino, David Fincher, Richard Linklater y Kevin Smith que crecieron viendo cientos y cientos de películas en vídeo, y tienen un saber casi enciclopédico de la técnica y las referencias de la cultura escrita, pop y audiovisual.

“Una batalla tras otra” no busca ser complaciente ni accesible. Tampoco lo necesita. Es una película que exige atención, que propone más de lo que explica y que deja resonando preguntas después de los créditos. Como buena parte del cine de Anderson, no ofrece respuestas cerradas: ofrece experiencia.

A esta altura de su carrera, Anderson ya no necesita demostrar nada. Pero Una batalla tras otra reafirma algo esencial: su capacidad para filmar lo humano en estado de conflicto. No desde la épica, sino desde la contradicción.

Y quizás ahí esté su mayor valor hoy. En un contexto donde el consumo cultural tiende a la inmediatez y la sobreexplicación, Anderson sigue defendiendo otra idea de cine: una que se toma su tiempo, que confía en el espectador y que entiende que, a veces, “las historias más potentes son las que no terminan de resolverse”.

Porque al final, como sugiere el título, la vida no es una gran batalla.
Son muchas. Y casi nunca se ganan del todo.

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