Hay una frase que los argentinos repetimos con una mezcla de orgullo, ironía y resignación: «los argentinos descendemos de los barcos». Una frase popularizada pero no inventada por un expresidente argentino portador de bigote.
Durante décadas, esa idea funcionó casi como una explicación rápida de nuestra identidad. Somos hijos de la inmigración europea, particularmente de italianos y españoles, y buena parte de nuestra cultura moderna nació de esa enorme corriente humana que cruzó el Atlántico entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Pero la frase, aunque contiene una parte de verdad, también cuenta apenas una pequeña parte de nuestra historia.
Un estudio publicado en 2025 en la revista científica Nature, basado en el análisis genómico de 238 individuos antiguos, reconstruyó la historia poblacional del Cono Sur a lo largo de unos diez mil años. Entre sus hallazgos, los investigadores identificaron en el centro de la Argentina un linaje genético hasta entonces no muestreado cuya presencia se remonta aproximadamente a 8.500 años. Ese linaje persistió durante miles de años y, con el paso del tiempo, se mezcló con otras poblaciones de distintas regiones.
La conclusión no es que exista una “identidad argentina” con 8.500 años de antigüedad. La identidad nacional, como sabemos, es un fenómeno histórico y cultural mucho más reciente. Pero el hallazgo sí nos obliga a mirar nuestra historia de otra manera: mucho antes de que los barcos europeos llegaran al Río de la Plata, mucho antes de que existiera siquiera la idea de una Argentina, este territorio ya estaba habitado por sociedades humanas con historias profundas, movimientos, intercambios y transformaciones.
La Argentina es, en cierta medida, una historia de gente que llegó.
Pero también es una historia de gente que ya estaba.
Y de cómo unos y otros terminaron transformándose mutuamente.
Distintos estudios arqueológicos, antropológicos e historiográficos nos permiten divisar ciertas practicas hoy directamente relacionadas a “lo argentino” que ayudan a desmitificar un poco la premisa de que toda nuestra idiosincrasia y cultura bajaron de un barco de inmigrantes europeos.
Varios sitios arqueológicos nos muestran los primeros indicios de sociedades cazadoras recolectoras cocinando carne de animales autóctonos alrededor de un fogón, en ubicaciones geográficas muy distintas de nuestro territorio nacional (Buenos Aires, Santa Cruz, Jujuy) el más antiguo de estos sitios data de hace unos 13000 años. La escena se repite desde hace milenios hasta la actualidad, gente reunida al calor de las brasas observando la cocción de un pedazo de proteína animal que luego será compartido entre los presentes.

Otra arista de la idiosincrasia argentina es la exaltación de la experiencia colectiva, el sentimiento de comunidad que se dispara de maneras increíblemente diversas y parece borrar (al menos momentáneamente) las diferencias y rivalidades internas que son otra característica indistinguible del ser argentino. Las peregrinaciones religiosas, los eventos deportivos y los festejos que eventualmente derivan de estos, los recitales de música, incluso las marchas por algún reclamo particular.
En los acontecimientos nombrados se repite el mismo patrón: El protagonista siempre termina siendo la multitud, la hinchada, el argentino es ante todo Hincha de la hinchada. El hecho de que aun las diferencias más irreconciliables pueden quedar en un segundo o tercer plano cuando se trata de salir a festejar, por ejemplo, un campeonato del mundo habla del valor que esta nación le da al sentimiento colectivo.

Podemos mencionar al sitio ceremonial de La Rinconada en Catamarca como un antecedente de la antigüedad tardía que atestigua lo hablado en el párrafo anterior. El lugar es el sitio con evidencia mas antigua de construcciones no domesticas y preparadas para recibir a unas 1000 personas, unas cinco veces la población local de la época. Se estima que la construcción data mas o menos del año 700 y se los asocia a la llamada “Cultura de la Aguada” una sociedad agro-alfarera del noroeste argentino y se ha propuesto que el lugar funcionaba como centro ceremonial y recibía no solo a personas de la zona si no de otros lugares de la región.

Pero no todas las cualidades de Lo argentino son color de rosa, el hecho de estar siempre alerta y vaticinando el advenimiento de una nueva crisis social o económica están a la orden del día. Los cambios climáticos, la modificación y/o extinción de flora y fauna fueron factores determinantes en la estabilidad de las sociedades prehispánicas de este suelo, el abandono de aldeas en busca de tierras fértiles y alimento, los cambios en las técnicas y las herramientas para la caza y la agricultura, la mano de obra textil adaptada para distintas realidades meteorológicas muestra que las crisis no son solamente cosa de los últimos 2 siglos.
“Para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”
Hay otra parte de nuestra historia que durante mucho tiempo quedó escondida detrás del relato de una Argentina exclusivamente europea: la presencia afroargentina. En 1813, la Asamblea del Año XIII aprobó la llamada libertad de vientres, estableciendo que los hijos nacidos de mujeres esclavizadas serían libres. La medida no significó la abolición inmediata de la esclavitud, pero marcó un punto de inflexión en un proceso que terminaría consolidándose décadas más tarde. La población afrodescendiente, sin embargo, ya formaba parte de la sociedad rioplatense desde mucho antes y su participación fue decisiva durante las guerras de independencia.
Mulatos, mestizos y afrodescendientes integraron milicias y ejércitos revolucionarios y participaron en las campañas militares que terminaron dando forma a las nuevas naciones sudamericanas. Miles de hombres de origen africano combatieron en las filas de los ejércitos patriotas, entre ellos los batallones de pardos y morenos, y también participaron de las campañas lideradas por José de San Martín. La independencia argentina y sudamericana no fue solamente obra de las élites criollas que aparecen en los retratos escolares: también fue construida por hombres y mujeres pertenecientes a grupos que durante mucho tiempo fueron invisibilizados en el relato nacional.
La paradoja es que, mientras esas poblaciones contribuían a construir el país y a defender su independencia, con el paso de las décadas su presencia fue quedando cada vez más desdibujada de la memoria colectiva. El mito de una Argentina esencialmente blanca y europea terminó ocupando el lugar de una historia mucho más diversa. Hoy sabemos que esa imagen es incompleta. La Argentina tuvo —y tiene— una raíz afrodescendiente, indígena, criolla y mestiza que forma parte de nuestra identidad tanto como la enorme inmigración europea que llegó a continuación.
Cuando la Argentina todavía intentaba definir qué clase de nación quería ser, la inmigración ocupó un lugar central en el proyecto de país. La Constitución de 1853 estableció, entre otras cosas, que el Gobierno Federal debía fomentar la inmigración europea, al mismo tiempo que reconocía a los extranjeros derechos civiles fundamentales.
La decisión no fue menor. En un mundo donde las fronteras, las nacionalidades y las identidades estaban adquiriendo una importancia cada vez mayor, la Argentina se presentó como un territorio dispuesto a recibir personas provenientes de otros lugares.
Y llegaron.
Millones de inmigrantes cruzaron el océano durante las décadas siguientes. Italianos y españoles constituyeron las corrientes más numerosas, pero junto a ellos llegaron franceses, alemanes, polacos, rusos, judíos provenientes de distintas regiones de Europa, sirios, libaneses, armenios y un innumerable etc.

No todos fueron recibidos con los brazos abiertos, por supuesto. No existe hipocresía mas grande que la de pensar que un país está totalmente exento de racismo, xenofobia o clasismo. La premisa carece de todo sentido, dado que los mencionados anteriormente son adjudicables, me arriesgo a decir, a todas las naciones del mundo. Podríamos decir que es una cuestión de naturaleza humana, por más horrible que esto suene. Pero razonándolo en frio y con un poco de lógica la cosa tiene sentido. Todos los pueblos tienden a pensar que el suyo es el mejor y que los usos y costumbres propios son moral y objetivamente superiores a los externos, ¿esto está bien? Claro que no, pero es un sentimiento genuinamente humano. La gran diferencia está en cómo encarar y trabajar esas emociones contradictorias.
La historia argentina también tiene episodios de discriminación, xenofobia y persecución. La apertura nunca fue absoluta ni estuvo libre de contradicciones. Pero, aun con esas limitaciones, el fenómeno inmigratorio transformó para siempre la composición del país.
Las oleadas migratorias de finales del siglo XIX y principios del siglo XX no hacen mas que demostrar la fácil absorción y asimilación que este pueblo tiene para con todos aquellos que vienen a buscar una oportunidad a este suelo.
Mis tatarabuelos llegaron a este país desde España buscando una mejor calidad de vida, y si bien las generaciones siguientes no renegamos de nuestros orígenes y por el contrario los revindicamos, tuve la suerte de conocer a mi bisabuela y ni ella ni sus hijos ni sus nietos se percibieron nunca como hispano-argentinos ni algo semejante, somos Argentinos. Y me arriesgo a decir que es un patrón que se repite a lo largo y ancho del país desde hace 150 años hasta la actualidad.
Epilogo
Aquí no existió nunca segregación racial o étnica, no hubo nunca baños específicos para etnias específicas, no se libro una guerra civil porque la mitad de nuestra población quería seguir comprando esclavos africanos, no se llevaron a cabo matanzas deliberadas contra minorías para limpiar y purificar a nuestra población, Acá hubo mestizaje desde el primer momento, libertad de vientre para los esclavos cincuenta años antes que en naciones que hoy vienen a señalar con el dedo y fiscalizar el color de piel de nuestra gente (eso si suena bastante racista).
Por eso me rompe tanto las pelotas esta nueva moda de querer tildar a la Argentina como una nación ultra neo-naz1 porque simplemente no es real. Tenemos un amplio abanico de defectos totalmente cuestionables que aún tenemos que resolver y de los que si corresponde hacernos cargo. Si, podemos ser soberbios, podemos ser burlones, arrogantes, tenemos una clase política-empresaria altamente corruptible e inescrupulosa, a la que muchos están dispuestos a defender ciegamente a capa y espada por el solo hecho de querer que el que piensa distinto esté equivocado y yo no. No le vamos a sacar el culo a la jeringa, nadie pretende que el mundo nos vea como a personajes de Heidi.
Pero nos tenemos que hacer cargo de lo que nos corresponde, no tenemos por que agachar la cabeza ante aquellos que quieren proyectar en nosotros todos esos defectos que les son propios y venir a medir la calidad e integridad de nuestra nación con su vara moral cuando están sucios como una papa.
La hipocresía moral de la actualidad ha llegado a un nivel de ensañamiento que no hace mas que demostrar el resentimiento y la envidia que hay detrás de sus discursos aleccionadores y políticamente correctos con los que quieren venir a corrernos. Nos detestan porque no pueden entender que no tenemos los problemas que ellos si tienen, el pelotudo de Samuel Jackson, por citar solo un ejemplo, diciendo que este país es el mas racista del mundo cuando en su infancia se tenia que bajar de la vereda si un blanco venia caminando y no podía ni mirarlo a los ojos. Tremendo chupapij4 del wokismo hollywoodense, basuras hipócritas si las hay.

Por supuesto los recientes acontecimientos en el ámbito futbolístico ayudaron mucho a acrecentar esas críticas. No parece agradarle a los opinolos de algunas naciones europeas o norteamericanas (incluso a algunas latinoamericanas, muy a mi pesar) la conducta que el seleccionado argentino adopta en el campo de juego, les jode la rebeldía, les jode que nos sintamos orgullosos de ganar e incluso les jode que en la derrota sigamos sintiéndonos representados por la actitud de los jugadores, esta derrota del domingo ante España dejo aun mas en evidencia lo que ya se venia viendo, no solo querían que perdiéramos sino que también quieren decirte ahora como perder y como sentirse al respecto, no les entra en la cabeza que un grupo de sudacas no les rinda pleitesía y se incline ante ellos. Nos pretenden sumisos y serviles y les da bronca nuestra rebeldía.
En fin, esta gloriosa nación no le debe explicaciones a nadie, mucho menos a los difamadores ignorantes que nos quieren manchar con sus propias mugres para sentirse superiores, pero fueron unos días bastante movilizantes y no quería dejar pasar la oportunidad de dejar por escrito mi opinión y además hablar un poco de lo que realmente significa ser argentino, con lo bueno y con lo malo.
Porque pretender ver el mundo en blanco y negro es un error garrafal, la vida está llena de matices, no todo lo que no sea A es necesariamente B.
Para cerrar esta columna me gustaría citar una frase de Mario Santos (personaje de los simuladores) que resume un poco lo que hablamos hoy:
“…El modo en el que usted se refiere a esta gran nación me revuelve las tripas, y si bien es cierto que en las últimas décadas hubo una gran proliferación de idiotas, el hecho de que usted encabece esa lista no le da derecho a sugerir que todos pertenecemos a esa clase de gente…”
¡Aguante Argentina LCDSM!

