14 de septiembre de 2026
La droga que casi acaba con China: El Opio y el plan Hong Kong.

China perdió el control de sus aduanas y se vio forzada a tolerar el consumo y la importación de opio.

A mediados del siglo XIX, entre los años 1839 y 1858, el imperio británico y Francia libraron dos guerras contra la China de la dinastía Qing. La primera tuvo lugar entre 1839 y 1842, y estuvo motivada por la feroz campaña que desató el emperador de China contra el contrabando de opio que entraba en el país. Ese contrabando lo realizaban los mercaderes británicos y ganaban con él muchísimo dinero. En China el opio se consumía de forma habitual desde mucho tiempo antes. Hasta principios del siglo XIX estaba reservado a las élites refinadas de las grandes ciudades, que habían desarrollado refinadas ceremonias para su consumo, pero la abundancia que trajo el activo comercio internacional de finales del siglo XVIII hizo que el hábito de fumar opio se extendiese por todas las clases sociales. Eso alarmó al Gobierno, que contemplaba como una parte nada desdeñable de la población se había convertido en adicta a este narcótico desatendiendo de paso sus obligaciones. El emperador Daoguang concluyó que no quedaba otro remedio que acabar con el tráfico de opio, pero eso arrebataba a los británicos su principal fuente de ingresos en las costas chinas.

El Reino Unido era muy dependiente de ese comercio porque con el dinero obtenido por la venta de opio compraba todo tipo de mercancías de lujo en China como porcelanas o sedas que luego sus comerciantes vendían en Europa con un margen muy abultado. Cultivaban adormidera en sus dominios de la India a un coste muy bajo e introducían el opio en China, donde estaba prohibido desde 1729, en connivencia con las autoridades locales que se dejaban corromper fácilmente. La campaña de Daoguang no era una simple prohibición, se trataba de algo mucho más ambicioso, perseguía eliminar por completo el comercio de opio, de modo que confiscó directamente los cargamentos británicos para destruirlos. Eso en Westminster no sentó nada bien. Si perdían los ingresos del opio, el imperio y el pujante mercado de la City londinense lo notarían en el acto. Exigieron una compensación y, como el emperador no se avino a ella, enviaron una escuadra al mar de la China meridional para que bombardease varios puertos como castigo. Esta primera guerra concluyó con el tratado de Nankín en virtud del cual China se comprometía a pagar las reparaciones oportunas y cedía la isla de Hong Kong al Reino Unido.

Años más tarde, en 1856, los chinos capturaron a un barco británico cargado con opio y encarcelaron a su tripulación. Eso bastó para que la Royal Navy se lanzase sobre el puerto de Cantón. Esta vez los británicos consiguieron apoyo de los franceses. Ambas potencias trataban de asegurar el lucrativo mercado chino y necesitaban puertos seguros en los que operar. La guerra les daba la oportunidad que estaban esperando. Tanto el Reino Unido como Francia disfrutaban de una tecnología bélica muy superior a la de China, así que el ejército de emperador fue otra vez derrotado y su Gobierno se vio obligado a firmar el tratado de Tianjin, en el que el emperador accedió a pagar reparaciones, a abrir puertos al comercio con Europa y a legalizar el comercio de opio. Ambos tratados, el de Nankín y el de Tianjin, fueron bautizados junto a otros muchos que China tuvo que firmar con otras potencias europeas como los “tratados desiguales”. Esta humillación, que aún resuena en la China actual, tuvo profundas consecuencias políticas dentro del país y fue de capital importancia en el fin del imperio a principios del siglo XX.

Consecuencias Profundas y Duraderas. Las guerras aceleraron el declive de la dinastía Qing, conocida como el “Siglo de la Humillación”. Económicamente, el opio se legalizó, devastando la salud pública (millones de adictos chinos) y drenando la economía china. Políticamente, los tratados desiguales erosionaron la soberanía, introduciendo extraterritorialidad a sujetos extranjeros exentos de leyes chinas, y esferas de influencia europeas, precursoras de la colonización japonesa en 1895 y la Rebelión de los Bóxers (1900).

La incapacidad de la dinastía Qing, para proteger a su nación frente a las potencias extranjeras, tuvo consecuencias políticas y psicológicas profundas como el debilitamiento del Gobierno Qing, La derrota y las humillantes concesiones, erosionaron drásticamente la legitimidad y la autoridad del gobierno imperial. Las Guerras del Opio marcaron el comienzo de un profundo sentimiento de humillación nacional y resentimiento hacia los extranjeros, lo que eventualmente alimentaría el surgimiento de movimientos nacionalistas chinos. La debilidad del gobierno central y el malestar social fueron factores clave en el estallido de grandes rebeliones, como la Rebelión Taiping (1850-1864), que causó millones de muertes y desestabilizó aún más el imperio.

El impacto devastador de estos eventos en la sociedad china y el papel crucial desempeñado por las potencias extranjeras: Francia, Estados Unidos, Alemania, Rusia y Japón. La derrota de China en las Guerras del Opio no solo significó pérdidas territoriales y económicas, sino que desencadenó una crisis multifacética, que transformó la nación de un imperio feudal a una sociedad semicolonial y a la vez semipedal. La ambición imperialista de estas potencias junto con la debilidad interna de la dinastía Qing, desmanteló la soberanía china, imponiendo una modernización forzada y dejó un legado de humillación que, paradójicamente, forjó los cimientos del nacionalismo y la determinación para el desarrollo de la China moderna.

La derrota militar obligó a China a firmar acuerdos desventajosos, como el Tratado de Nankín, que cedió la isla de Hong Kong a los británicos y abrió puertos al comercio extranjero. Hong Kong volvió a China, la medianoche del 1 de julio de 1997. Terminaron 156 años sobre la transferencia de soberanía de Hong Kong colonia británica que inició en 1841. El acuerdo, se basó en el principio de “un país, dos sistemas”, prometiendo mantener la autonomía y el sistema capitalista de la región por 50 años, hasta 2047.

Negociaciones.

Cuando el gobierno de la República Popular China obtiene su asiento en la Naciones Unidas como resultado de la Resolución 2758 en 1971, se comenzó a actuar diplomáticamente en cuestiones de la soberanía de Hong Kong y Macao. El premier chino, Zhou Enlai, estaba especialmente preocupado por los problemas, y el representante chino de la ONU, Huang Hua, enviado de las Naciones Unidas de De-colonización Comité de Estado el punto de vista del gobierno chino: “Hong Kong y Macao son territorios chinos capturado por Gran Bretaña y Portugal, y el acto de resolver los problemas de Hong Kong y Macao se encuentra dentro del rango de la soberanía de China. Estas cuestiones se acerca a China como un Estado soberano en la restauración de su soberanía en los territorios que fueron capturados, y son diferentes de los números regulares dentro del rango de colonización, y no son definitivamente sobre la concesión de la independencia. El mismo año, el 8 de noviembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución sobre la eliminación de Hong Kong y Macao de la lista oficial de las colonias. Esto creó las condiciones para el gobierno chino para resolver las cuestiones de soberanía de Hong Kong y Macao, con toda tranquilidad.

En marzo de 1979, el gobernador de Hong Kong, Murray MacLehose, realizó su primera visita oficial a la República Popular China (RPC), tomando la iniciativa de plantear la cuestión de la soberanía de Hong Kong con Deng Xiaoping. Sin aclarar y establecer la posición oficial del Gobierno de la República Popular China, la organización de los arrendamientos de bienes raíces y los acuerdos de préstamos en Hong Kong en los próximos 18 años sería bastante difícil. De hecho, a mediados de 1970, Hong Kong se había enfrentado a riesgos adicionales de empréstitos para los grandes proyectos de infraestructura, tales como su sistema de MTR y un nuevo aeropuerto. Desprevenido, Deng afirmó la necesidad del retorno de Hong Kong a China, en la que a Hong Kong se le daría estatus especial por el Gobierno de la República Popular China.

Muchos argumentan que si no hubiera sido por la imprudencia de MacLehose, el Gobierno de la República Popular China no podría haber presionado para poner la cuestión de Hong Kong en su agenda. Debate aparte, la visita de MacLehose a la República Popular China hizo levantar el telón sobre la cuestión de la soberanía de Hong Kong: el Reino Unido fue muy consciente de la aspiración de la República Popular China de reanudar la soberanía sobre el territorio y empezó a tomar las medidas pertinentes para garantizar el sustento de sus intereses dentro el territorio, así como iniciar la creación de un plan de retirada en caso de emergencia.

Tres años más tarde, Deng recibió al ex primer ministro británico Edward Heath. Heath iba en calidad de enviado especial de la primera ministra Margaret Thatcher para establecer un entendimiento de la posición de la República Popular China con respecto a la cuestión de Hong Kong. A lo largo de su reunión, Deng expresó claramente por primera vez la voluntad de la República Popular China de resolver la cuestión de la soberanía con el Reino Unido a través de negociaciones formales.

En el mismo año, Edward Youde, que sucedió a MacLehose como el 26.º gobernador de Hong Kong, encabezó una delegación de cinco consejeros ejecutivos a Londres, incluyendo a Chung Sze Yuen, Lydia Dunn, Roger y Lobo. Chung presentó su posición sobre la soberanía de Hong Kong a Thatcher, animándola a tener en cuenta los intereses de la población nativa de Hong Kong en su próxima visita a China.

A la luz de la creciente apertura del Gobierno de la República Popular China y las reformas económicas en aquel país, la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher buscó un acuerdo con la República Popular China para una continuidad de la soberanía británica sobre el territorio; sin embargo, la República Popular China adoptó una posición contraria: no solo la República Popular China deseaba que los Nuevos Territorios, en régimen de arrendamiento hasta 1997, fueran colocados bajo la jurisdicción de la República Popular China, sino que también se negó a reconocer los «tratados injustos y desiguales» en que Hong Kong y Kowloon habían sido cedidos al Reino Unido a perpetuidad. Por lo tanto, la República Popular China reconocía solo la administración británica sobre Hong Kong, pero no su soberanía.

Eso debe hacer la Argentina con las Malvinas, ceder por parte de los Británicos, en acuerdo diplomático, basado en un plan similar al de Hong Kong.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *