Durante años, la muerte del rock argentino pareció un diagnóstico definitivo. Mientras el trap, el pop, los ritmos urbanos con influencias caribeñas y los nuevos consumos digitales ocupaban el centro de la escena, el género que durante décadas había marcado el pulso cultural del país parecía condenado a convertirse en una pieza de museo. La discusión se volvió recurrente: ¿había dejado el rock de decir algo sobre el presente?
La música argentina -y buena parte de la escena global- está pasando por un periodo de transición. Estamos presenciando el ocaso del trap y la música urbana como termómetros del espíritu adolescente como lo fuera desde mitades de la década pasada. La mayoría de los artistas (por supuesto no todos) parece haber agotado lo que tenía para decir, sumado a la adicción de las discográficas que los manejan de repetir una y otra vez el mismo estilo de disco o canciones bajo la premisa de “Lo que vende es lo que se vende” no podría terminar de otra manera más que agotando a la mayoría de la audiencia que parece estar quedándose huérfana de voces que expresen los sentimientos y contradicciones que brotan a todo gramo en esa conflictiva etapa llamada adolescencia.
¿Es el Rock el genero que viene a cargarse al hombro el sentir de las nuevas generaciones? La realidad es que no lo sé, y de hecho tengo mis dudas. Pero lo que es real es que el rock, y sobre todo el rock argentino, por más que lo fácil sea darlo por muerto, parece siempre estar ahí presente para tapar los huecos que dejan el resto de los géneros musicales cuando agotan a su audiencia. El rock sobrevivió al tango, a los géneros folclóricos, al disco, a la música electrónica, a la cumbia villera, que por mucho tiempo le ganó la pulseada en las clases populares, y aparentemente estaría sobreviviendo también a la música urbana contemporánea.
Pueden tildarme de ser un pseudo-rockerito nostálgico que está intentando empujar un concepto ya obsoleto, pero la única verdad es la realidad y Camionero es una de las pruebas que abalan mi teoría.
Hace rato que hay un tufillo a cambio de estilo, una muy tenue inclinación a la escena alternativa por parte de la juventud se deja entrever en esta etapa de transición cultural-musical argentina. algo diferente comenzaba a suceder lejos de los grandes focos. En salas pequeñas, festivales independientes y escenarios autogestionados empezó a crecer una nueva generación de bandas que no buscó reemplazar a la anterior, sino reconstruir el género desde otro lugar. Sin nostalgia impostada ni intentos desesperados por sonar modernos. Simplemente, haciendo canciones.

No existe un manifiesto ni una escena organizada. Tampoco un sonido único. Lo que existe son muchas bandas distintas que, por caminos diferentes, parecen volver a poner a las guitarras en el centro de la conversación. Podemos citar a grupos como El mato a un policía motorizado, El Kuelgue, Los Espíritus, Tas Tussi, Mujer Cebra, Autos Aobados, Wynona Ryders, Eruca Sativa como una pequeña porción de los muchos representantes de la nueva ola de rock nacional. Algunos con mas tiempo en el rubro que otros y con estilos de los mas variados (ya conocemos la pulsión argenta de encajar en el termino “rock nacional” a casi cualquier genero musical con impronta contracultural).
Sería muy injusto dejar afuera a Airbag de esta lista, aunque le duela a muchos puristas y ortodoxos del rock, enfoque del que no me siento parte. Puede ser que Airbag sea acreedor de un público mucho más snob y no tan alternativo como las demás bandas citadas, pero sin duda es una de las más masivas. A mi criterio, cualquier grupo que llene el estadio de Vélez o River con una guitarra distorsionada, batería, bajo y sin bailarines ni playback, merece todo mi respeto por mas que nunca compre sus discos.
Pero, en fin, hace bastante venimos recibiendo indicios del surgimiento de una nueva etapa de la música alternativa argentina y en todo ese caldo de cultivo, pocas bandas representan mejor el momento que vive el rock nacional que Camionero.
Desde sus primeros EP publicados en 2018, el dúo formado por Joan Manuel Pardo y Santiago Luis fue construyendo una identidad difícil de encontrar en la escena actual. Guitarra, batería y canciones. Apenas esos elementos alcanzan para levantar una pared de sonido que parece desafiar toda lógica. La ausencia del bajo, lejos de sentirse como una limitación, terminó convirtiéndose en una de las marcas más originales del grupo. La guitarra ocupa espacios inesperados gracias a un elaborado trabajo de efectos y texturas, mientras la batería sostiene un pulso que nunca pierde contundencia ni groove.

Las influencias están ahí para quien quiera encontrarlas. El blues eléctrico, el hard rock de los años setenta, el stoner rock, el rock barrial argentino, el garage contemporáneo. Se pueden rastrear ecos de Pappo, Manal, Pescado Rabioso, Jimi Hendrix, y por supuesto, si hablamos de un dúo de rock es imposible no pensar en The White Stripes o The Black Keys. Pero Camionero nunca se limita a citar a sus referentes. Los utiliza como punto de partida para construir un lenguaje propio, donde el riff vuelve a ocupar el centro de la escena sin caer en la repetición ni en el ejercicio nostálgico.
Y esa es una de las claves de esta nueva camada de bandas. Durante mucho tiempo se asumió que mirar hacia atrás implicaba renunciar al futuro. Sin embargo, la historia del rock demuestra exactamente lo contrario: toda gran renovación dialogó con una tradición previa. Camionero entiende ese principio y lo convierte en una virtud. No intenta reinventar el rock desde cero. Lo hace sonar vigente otra vez.
Pero si hay algo que distingue verdaderamente al grupo es que logró construir mucho más que un repertorio.
Construyó una comunidad.
En los últimos años, el ciclo Tracción a Sangre dejó de ser únicamente una serie de recitales para convertirse en un verdadero punto de encuentro. Los seguidores, que simplemente hablan del grupo como “El Camión”, fueron ampliando naturalmente el universo simbólico de la banda. Nacieron cooperativas de artesanos que producen remeras, parches, ilustraciones y objetos inspirados en la gráfica del acoplado que identifica al grupo. Incluso apareció la llamada Rueda de Auxilio, un espacio organizado por los propios fanáticos para gestionar acciones solidarias frente a distintas dificultades.

Puede parecer un detalle menor, pero dice mucho sobre el momento que atraviesa el rock argentino. En una época donde gran parte de la música se consume de manera individual, Camionero recuperó una idea que parecía olvidada: la de la banda como espacio de pertenencia.
Esa construcción colectiva encuentra hoy su expresión más acabada en Pruebas de contacto, el tercer álbum de estudio del grupo. Después de los EP iniciales, de Club Camionero y del notable Todo lo sólido se desvanece en el aire, la sensación es que la banda dejó definitivamente de buscar una identidad. Ahora simplemente la ejerce.
Hay una decisión que atraviesa todo el álbum: la de no ofrecer respuestas inmediatas. Pruebas de contacto exige tiempo, algo cada vez más infrecuente en una época dominada por la escucha fragmentada. Sus canciones revelan nuevas capas con cada reproducción. Las letras de Joan Manuel Pardo juegan con imágenes abiertas, referencias urbanas y una ambigüedad que evita el mensaje explícito. Más que contar historias lineales, sugieren escenarios, estados de ánimo y personajes que el oyente termina de completar. Es un disco que confía en la inteligencia de quien escucha y que encuentra buena parte de su fuerza precisamente en aquello que decide no explicar (toda obra se completa con la mirada del espectador).
Musicalmente, el grupo también alcanza uno de sus puntos más altos. La ausencia del bajo, lejos de convertirse en una limitación, aparece completamente integrada al lenguaje de la banda. La guitarra se expande mediante un sofisticado trabajo de efectos, mientras la batería sostiene un groove que nunca pierde contundencia. Hay momentos donde el sonido parece el de un cuarteto de rock y, sin embargo, todo proviene de dos músicos que entienden la dinámica como pocos. Esa economía de recursos termina siendo una virtud: demuestra que el peso de una canción no depende de la cantidad de instrumentos, sino de la personalidad con la que están tocados.
Más que un punto de llegada, Pruebas de contacto funciona como una declaración de principios. Incluso su título parece resumir el momento creativo que atraviesa el dúo: una prueba de contacto es el instante en que un circuito se cierra y la energía comienza a fluir. La metáfora resulta inevitable. Después de varios años de crecimiento sostenido, Camionero ya no necesita demostrar que puede sostener un sonido propio. El desafío ahora parece ser otro: seguir ampliando ese universo sin perder la honestidad que convirtió al grupo en una de las propuestas más personales del rock argentino contemporáneo. Si sus primeros trabajos planteaban una búsqueda, este álbum transmite la seguridad de una banda que finalmente encontró su voz.
La producción, mezclada por Dylan Lerner y masterizada por Brian Lucey —ingeniero que trabajó con artistas como Depeche Mode, Arctic Monkeys y The Black Keys— potencia el sonido sin quitarle humanidad. Todo sigue sonando físico, cercano, tocado por personas de carne y hueso. En la era de la perfección digital como norma, Pruebas de contacto reivindica el error, la dinámica y la respiración natural de una banda tocando junta.
No es casual que el disco haya llegado en un momento donde el rock vuelve lentamente a recuperar protagonismo dentro de la conversación cultural. Quizás ya no ocupe el centro absoluto que tuvo durante otras décadas. Tampoco parece necesitarlo. Su fortaleza hoy está en otro lado: en la construcción paciente de escenas, comunidades y bandas que entienden la música como un oficio antes que como un contenido para plataformas.
Por eso Camionero resulta importante más allá de la calidad de sus discos. Porque representa una forma de entender el rock que parecía haberse perdido. Una donde el vivo importa tanto como el estudio, donde el público participa de una comunidad antes que de un fandom, y donde las canciones todavía son capaces de construir identidad colectiva.
Quizás durante años nos hicimos la pregunta equivocada.
El rock argentino nunca estuvo muriendo.
Simplemente estaba cambiando de ruta.
Y mientras muchos seguían buscando su futuro en los algoritmos, algunas bandas eligieron volver a encontrarlo en el lugar donde el género siempre fue más fuerte: un escenario, un amplificador y un grupo de personas dispuestas a cantar las mismas canciones como si les pertenecieran.
AGUANTE EL CAMION!

