Durante décadas circuló la creencia de que cada paso al trotar somete a las rodillas a un estrés que inevitablemente las dañaría con el tiempo. Pero los estudios científicos actuales cuestionan este mito. Una revisión de 2023 que analizó más de 14 mil personas encontró que no hay diferencias significativas de artrosis entre quienes corren habitualmente y quienes no lo hacen. Incluso el dolor de rodilla resultó más frecuente en el grupo que no practicaba esta actividad.
Los investigadores también examinaron si existe un límite de kilómetros a partir del cual la rodilla comienza a deteriorarse. Cuando dividieron a los corredores según el volumen semanal, incluyendo a algunos que superaban los 48 kilómetros por semana, no encontraron mayor prevalencia de artrosis en quienes acumulaban más distancia. Sin embargo, advierten que se necesitan más estudios a largo plazo para entender completamente esta relación.
Un metaanálisis que incluyó más de 125 mil personas reveló un dato intrigante: los corredores recreativos presentaban artrosis en solo 3,5% de los casos, comparado con 10,2% en personas sedentarias y 13,3% en atletas competitivos. Esto sugiere que la relación entre el ejercicio y la salud de las articulaciones no funciona como un simple cálculo de impactos acumulados, sino que responde a factores más complejos.
La clave está en entender que el cuerpo no se desgasta como una máquina. Los tejidos biológicos se adaptan a las cargas que reciben. El problema surge cuando la intensidad del ejercicio supera la capacidad de recuperación del cuerpo, no por la cantidad de impactos en sí. Una carga apropiada actúa como estímulo positivo, mientras que el daño aparece cuando esa carga desborda los límites del organismo.
