El índice de riesgo país elaborado por J.P. Morgan tocó los 648 puntos el viernes, marcando un salto de casi 60 puntos en la semana y acercándose a los niveles críticos de hace dos meses. Este deterioro refleja la preocupación de los inversores sobre la capacidad de Argentina para afrontar sus compromisos de deuda externa, especialmente frente a los vencimientos importantes que llegarán en 2027 y 2028.
La reversión del mercado se explica por una combinación de factores locales e internacionales. Desde el exterior, la inflación mayorista en Estados Unidos encendió dudas sobre las tasas de interés futuras, mientras que la suba del petróleo por tensiones en Medio Oriente realimentó los temores de inflación global. Localmente, el Gobierno enfrenta dificultades para emitir deuda en dólares a tasas consideradas sostenibles, como quedó expuesto cuando sacó de las últimas licitaciones al Bonar 2029 en moneda extranjera.
La paradoja más llamativa es que el dólar sigue con relativa calma mientras crece la angustia financiera. El billete cerró alrededor de 1.535 pesos en el Banco Nación y apenas acumuló una variación del 3,7% en lo que va del año. La explicación reside en que ambos indicadores miden fenómenos distintos: el dólar refleja el balance entre oferta y demanda de divisas en el corto plazo, mientras que el riesgo país expresa dudas sobre la solvencia futura del país.
Por ahora, un flujo constante de divisas actúa como colchón que evita turbulencias cambiarias. Las liquidaciones del agro, el sector energético y las emisiones de empresas y provincias sostienen el mercado, complementadas por las compras del Banco Central que acumuló casi mil millones de dólares en octubre. Sin embargo, esa estabilidad no está garantizada: si se reducen los ingresos de divisas o el Tesoro necesita comprar dólares para pagar vencimientos que no pueda refinanciar, la presión sobre el tipo de cambio podría intensificarse.
